Amaneció
un día sin nubes, con un cielo azul que daba paso libre a los rayos del sol, a
eso rayos que pronto iban a castigar el esfuerzo de los corredores. Despierta
un día especial. La media maratón de León, por muchas razones, lo es. La ciudad
se cita en el Hispánico; y todo su entorno, se va llenando de un ambiente
festivo. Amigos intercambiando saludos y sonrisas, abrazos, ánimos y consejos
de última hora, perspectivas de carrera. Reuniones de equipos, calentamientos,
cada uno llena el tiempo de espera como puede o como les dejan.
La
hora de la verdad, la de alejar miedos y temores, se acerca. Los corredores,
hoy más atletas que nunca, se van situando tras la línea de salida. Yo, casi a
cola de pelotón, junto a mis amigos del “Nunca correrás solo”, cerca de quien
hoy será mi compañera de viaje. Dos diferentes objetivos que convergen en uno
solo: el suyo.
Intuimos
el disparo, anuncio de la salida porque el mundo empieza a moverse. Dejo que
mis pasos sigan al resto de corredores, pendiente de mi acompañante. Poco a
poco vamos buscando nuestro hueco, evitando los incómodos zigzagueos y los
tirones innecesarios; ya habrá más espacios. Nos dejamos llevar por la masa,
sin prisas, sin agobios. Hablamos y corremos, habla y la dejo hablar, ya
llegará el momento de solo correr. Estamos empezando a disfrutar de nuestra
carrera, a coger nuestro ritmo. Correteamos nuestras calles entre los ánimos de
los amigos que esperan nuestro paso. Corredera, Ordoño, Guzmán con San Marcos
al fondo. La avenida Peregrinos que ya nos permite correr. Respiración y ritmo.
Es hora de pensar en la carrera, en su carrera. María Jesús, mi compañera de
viaje, lleva el ritmo, su ritmo. Sigo sus pasos. Tranquilos. Avanzando entre
los corredores vamos aumentando la cadencia en busca del ritmo crucero. El
caótico kilómetro 5 no interrumpe la marcha, y tras recoger el agua, e
hidratarnos continuamos a lo nuestro. Salvamos la cuesta de Unicef sin que nos bloquee
las sensaciones. Recuperamos el respirar y vuelta a la carga, a dejarnos ir en
busca de las calles de León. Un retorno placentero y agradeciendo el suave
viento que nos da de cara. Damos alcance al globo de 1h50m, y sin esperas
seguimos hacia delante. Por mi mente un temor, la posibilidad de que nos vuelva
a dar caza, con todo la carga negativa que ello conlleva. Miro a mi compañera, “¿Qué tal?”, “Bien”. Yo también lo creo. A partir de aquí Eduardo se une a
nosotros; en ocho días volveré a compartir con él carrera y kilómetros, siempre
y cuando respete una sola condición. Ya hablamos poco, y solo rompe nuestro
silencio una palabra de ánimo o un saludo a un grito de apoyo. Ritmo y
respiración. Miro mi crono, para comprobar que ya llevamos unos kilómetros con
el ritmo estabilizado en 5m11s. “¿Vas bien?”,
“Sí”. “Este es”, pienso. Kilómetro 8. Si, va bien. “Estoy disfrutando como nunca” nos dice. Dejo de correr un pasito
por detrás para acompasar mi zancada, para empezar a guiar, aunque no lo
necesite, sus pasos. La gente vuelve a llevarnos en volandas. Llegamos a la emblemática
calle Ancha. A la Catedral.

Imágenes de muchos paseos, de recuerdos que nos
llevamos con nosotros. El ritmo crucero sigue en nuestras zancadas aún cómodas.
“Vamos, que pronto nos pica para abajo”,
comento innecesariamente, ya que seguro que ella también lo sabe. “Recuperamos, cogemos aire”. Vamos a por
los últimos kilómetros, a por los más duros, lo de atrás ya no cuenta. Los
gritos de nuestra compañera Patricia aceleran el corazón y el paso a María
Jesús. Kilómetro 15. Recogemos con ansia nuestro agua y entramos en territorio
conocido: La Granja y La Candamia, lugares donde si no se va bien se empieza a
acusar la Media. Nosotros seguimos a lo nuestro, paso a paso, y aún con buenas
sensaciones. Alcanzamos La Lastra, es hora de no pensar en desiertos, solo en dos
rectas. Miro a mi compañera. Su rostro empieza a mostrar cansancio, pero no es
momento de fallar. “Vamos, que lo tienes”.
Dos kilómetros para meta. Últimos esfuerzos. Ahora hay que intentar darlo todo,
de no perder lo que poco a poco hemos ido ganando. Ha ido ganando. Un
kilómetro. “Venga, esto ya está”.

Continuamos
en el esfuerzo. Entramos en el estadio para correr su eterna recta. Al final la
meta, que cruzamos juntos, como habíamos ido durante la carrera. Agarrados de
la mano Eduardo, María Jesús y yo. Ya está: 1h50m30s.
Se
acabó. Otra media más, en está ocasión con la vista puesta en Roma y en el objetivo
de mi amiga. Los dos cumplimos nuestras expectativas. ¿Se puede pedir más?
Para
rematar mi pequeña historia solo me quedan los agradecimientos. Primero a los
amigos del Nunca correrás solo, en especial los que nos han acompañado desde
Madrid; a todos los amigos que han compartido los 21097 metros; a todos los
amigos que desde la acera han dado sus muestras de apoyo; y por último a
Ángeles, por estar otra vez más ahí. Gracias a todos.