Qué fuerza es la que nos lleva a pensar, a idear nuestros retos deportivos; qué fuerza es la que hace que preparemos esos retos; y qué fuerza es la que hace que lleguemos a realizar esos retos.
Qué fuerza misteriosa es la que nos mueve a exigirnos en nuestros entrenamientos, a endurecerlos con las molestas series, con las incómodas cuestas, o con las temibles tiradas largas; qué hace que nos exprimamos al máximo con el sólo y único fin de lograr el objetivo.
Cierto es que el hacer ejercicio nos permite tener más calidad de vida, mantener la mente más despejada, hacer amigos, y un sin fin de cosas más, pero de ese ejercicio moderado a nuestra particular tortura hay un mundo; un mundo en el que nos movemos como pez en el agua y en el que sin duda somos felices.
Yo realmente no lo sé, simplemente sé que no es orgullo, ni vanidad. Que no pretendo buscar el halago fácil, ni demostrar nada a nadie; simplemente lo hago y disfruto haciéndolo.
Qué fuerza misteriosa es la que nos mueve a exigirnos en nuestros entrenamientos, a endurecerlos con las molestas series, con las incómodas cuestas, o con las temibles tiradas largas; qué hace que nos exprimamos al máximo con el sólo y único fin de lograr el objetivo.
Cierto es que el hacer ejercicio nos permite tener más calidad de vida, mantener la mente más despejada, hacer amigos, y un sin fin de cosas más, pero de ese ejercicio moderado a nuestra particular tortura hay un mundo; un mundo en el que nos movemos como pez en el agua y en el que sin duda somos felices.
Yo realmente no lo sé, simplemente sé que no es orgullo, ni vanidad. Que no pretendo buscar el halago fácil, ni demostrar nada a nadie; simplemente lo hago y disfruto haciéndolo.
Mientras espero la hora de la salida, en soledad, sólo con mis pensamientos, con mis miedos y temores, con mi orgullo; lejos ya de mis apoyos morales, Ángeles y Sonia, que dispersas por la subida esperan mi llegada; sentado en las escaleras del Ayuntamiento, levanto la vista hacía el cielo y allí, a lo lejos, en lo más alto, cubierto de nubes, el gran coloso, el Anglirú; lo miro y me mira, cara a cara, frente a frente; “voy a por ti”, le digo; “no tengas prisa, te espero”, me dice.



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