
Hoy se celebra el día mundial contra la violencia de género. Hoy nos bombardearán con un sinfín de estadísticas; con unos números que siguen aumentando año tras año, y que desgraciadamente acaban siendo solo eso, números. Hoy se hablará de maltratadas y de maltratadores, hombres y mujeres enfrentados entre sí; pero se acordarán de las verdaderas víctimas: los hijos. Estos son las verdaderas víctimas de todo este tinglado, de acusaciones, de peleas, de agresiones, de muertes.
Y por ellos, por esos hijos que ven con tristeza como su pequeño mundo se desmorona, sin que nadie haga nada por solucionarlo, os voy a contar una pequeña historia, una historia que yo titulado El sol está triste.
Cruzan la calle, una mujer con su pequeña hija, cogidas de la mano. Caminan despacio, la mujer con la mirada perdida, vacía, y con un semblante serio, la niña solo agarra la mano de su madre, no tienen prisa. Parece cansada. Se paran ante la puerta de una comisaría.
“Buenas tardes, ¿qué desean?”, les dice un policía.
“Mi marido me ha pegado”, contesta la triste mujer mientras mira a su pequeña hija.
“Si, suban hasta la primera planta y allí les atienden”, responde el policía.
“Gracias”, dice la triste mujer con su hija aferrada a su mano.
El policía se dirige hacía su garita, descuelga el teléfono mientras ve a madre e hija dirigirse hacía la escalera, marca un número, habla brevemente y cuelga.
“Buenas tardes”, el policía que les recibe ya no pregunta, sabe a lo que van.
“Buenas tardes”, contesta la triste mujer.
“Hola, ¿cómo te llamas?”, pregunta el policía a la niña tratando de ser amable.
La niña no contesta, agacha la cabeza y la hunde en su pequeño pecho, mientras agarra con fuerza la mano de su madre.
“Se llama Daniela”, responde la madre por ella.
“Tienes un nombre muy bonito, Daniela, te quedas aquí un poquito que tengo que hablar con tu mamá”, le dice el policía.
“Mamá, no me dejes sola, tengo miedo”, dice la niña entre sollozos.
Pero su madre la tiene que dejar sola; es mejor que no oiga lo que su madre va a contar, aunque es posible que la pequeña haya sufrido todo eso. Acude otro policía y se sienta al lado de la niña, la mira sin decir nada; espera a que la pequeña deje de sollozar, le ofrece una galleta y la niña hace como que no la ve.
“¿Cómo te llamas?, yo me llamo Manuel”, dice a la niña el policía.
Tiene el gesto amargo, no contesta; pasa otro policía y le acaricia sus tirabuzones; la niña sonríe un poco, solo un poco, pero suficiente para que sus gestos se dulcifiquen, para que se olvide un momento de donde esta; cada poco pasa alguien, otros policías, miran a la niña y sonríen.
“Me llamo Daniela, tengo cinco años”, le dice a una policía que acaba de llegar con un papel y unas pinturas.
¿Me haces un dibujo?, le pregunta la policía.
"¿Cómo te llamas?", pregunta la niña.
“Yo Lucía”.
La pequeña Daniela se pone a garabatear sobre el papel.
"¿Se llevaron a mi papá? ¿dónde está?", preguntó la niña.
Se abre la puerta y sale su madre….”mamá” grita la niña mientras se arroja a sus brazos.
“Gracias, diles adiós Daniela”, dice la triste mujer, mientras esboza una triste sonrisa.
“Adiós”, contesta rápido la pequeña.
“¿No te llevas el dibujo?”, le dice Lucia, la policía.
“Es para tí, te lo regalo”, contesta la pequeña Daniela.
Y los policías ven alejarse a la madre con su hija, sabiendo que no han arreglado su problema y que es posible que vuelvan a encontrarse.
Miran ahora el dibujo que les dejó Daniela, y reparan en un detalle que les llena de tristeza, el sol. El sol que la niña pintó está triste; ellos ahora sienten más pena por la pequeña.
Mañana saldrá el sol pero seguirán recordando el sol de Daniela.
Y por ellos, por esos hijos que ven con tristeza como su pequeño mundo se desmorona, sin que nadie haga nada por solucionarlo, os voy a contar una pequeña historia, una historia que yo titulado El sol está triste.
Cruzan la calle, una mujer con su pequeña hija, cogidas de la mano. Caminan despacio, la mujer con la mirada perdida, vacía, y con un semblante serio, la niña solo agarra la mano de su madre, no tienen prisa. Parece cansada. Se paran ante la puerta de una comisaría.
“Buenas tardes, ¿qué desean?”, les dice un policía.
“Mi marido me ha pegado”, contesta la triste mujer mientras mira a su pequeña hija.
“Si, suban hasta la primera planta y allí les atienden”, responde el policía.
“Gracias”, dice la triste mujer con su hija aferrada a su mano.
El policía se dirige hacía su garita, descuelga el teléfono mientras ve a madre e hija dirigirse hacía la escalera, marca un número, habla brevemente y cuelga.
“Buenas tardes”, el policía que les recibe ya no pregunta, sabe a lo que van.
“Buenas tardes”, contesta la triste mujer.
“Hola, ¿cómo te llamas?”, pregunta el policía a la niña tratando de ser amable.
La niña no contesta, agacha la cabeza y la hunde en su pequeño pecho, mientras agarra con fuerza la mano de su madre.
“Se llama Daniela”, responde la madre por ella.
“Tienes un nombre muy bonito, Daniela, te quedas aquí un poquito que tengo que hablar con tu mamá”, le dice el policía.
“Mamá, no me dejes sola, tengo miedo”, dice la niña entre sollozos.
Pero su madre la tiene que dejar sola; es mejor que no oiga lo que su madre va a contar, aunque es posible que la pequeña haya sufrido todo eso. Acude otro policía y se sienta al lado de la niña, la mira sin decir nada; espera a que la pequeña deje de sollozar, le ofrece una galleta y la niña hace como que no la ve.
“¿Cómo te llamas?, yo me llamo Manuel”, dice a la niña el policía.
Tiene el gesto amargo, no contesta; pasa otro policía y le acaricia sus tirabuzones; la niña sonríe un poco, solo un poco, pero suficiente para que sus gestos se dulcifiquen, para que se olvide un momento de donde esta; cada poco pasa alguien, otros policías, miran a la niña y sonríen.
“Me llamo Daniela, tengo cinco años”, le dice a una policía que acaba de llegar con un papel y unas pinturas.
¿Me haces un dibujo?, le pregunta la policía.
"¿Cómo te llamas?", pregunta la niña.
“Yo Lucía”.
La pequeña Daniela se pone a garabatear sobre el papel.
"¿Se llevaron a mi papá? ¿dónde está?", preguntó la niña.
Se abre la puerta y sale su madre….”mamá” grita la niña mientras se arroja a sus brazos.
“Gracias, diles adiós Daniela”, dice la triste mujer, mientras esboza una triste sonrisa.
“Adiós”, contesta rápido la pequeña.
“¿No te llevas el dibujo?”, le dice Lucia, la policía.
“Es para tí, te lo regalo”, contesta la pequeña Daniela.
Y los policías ven alejarse a la madre con su hija, sabiendo que no han arreglado su problema y que es posible que vuelvan a encontrarse.
Miran ahora el dibujo que les dejó Daniela, y reparan en un detalle que les llena de tristeza, el sol. El sol que la niña pintó está triste; ellos ahora sienten más pena por la pequeña.
Mañana saldrá el sol pero seguirán recordando el sol de Daniela.
