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viernes, 12 de junio de 2015

XX TRAVESIA INTEGRAL MONTES AQUILIANOS: MI HISTORIA

La noche cubre la plaza del Ayuntamiento, que poco a poco se va llenando de corredores, de andarines, “de esos locos”, de amigos, “de esos amigos locos”, de saludos y abrazos, de conversaciones y deseos de buena suerte. Un café, el último momento tranquilo antes de la salida. La despedida de Ángeles que irá por la corta, la de los 47 kilómetros, y la partida al trote con mi amiga y compañera del “Nunca correrás solo” María Jesús, que iremos por la larga, la de los 62 kilómetros. Con calma, en suave trote bajamos por calles silenciosas, llegamos al puente de piedra que separa Ponferrada del Otero; la primera subida, el primer caminar; llegamos a esos mastines de siempre que, con su cansino ladrar, nos reciben y nos despiden año tras año. Trotar y caminar, correr en busca del amanecer; correr para llegar a las montañas que ya se dibujan ante nosotros. El paisaje empieza a regalarnos su belleza. “Cuidado con esta bajada”. Con precaución, arriesgando lo imprescindible, bajamos hasta toparnos con el río Oza, que nos acompaña contra corriente, dejándonos su frescor y su arrullo. Aspiro ese olor a anís que Arsenio, más acostumbrado a la naturaleza que yo, me hace notar. El tranquilo camino que en su giro a la derecha nos mete en la bonita senda de castaños y robles. Entre aromas y colores los kilómetros pasan sin darnos cuenta, y nos llevan al primer avituallamiento, el de Villanueva de la Valdueza. Hidratación rápida y continuamos.
Ahora toca caminar por la senda del Alto de Pandilla; corta pero dura. Despacio, paso a paso. Entre pinos se filtran los primeros rayos de sol.
A lo lejos los Montes Aquilianos, nuestro objetivo. “Qué bonito” apunta mi compañera, “esto no es nada”. Trotamos o andamos, depende si bajamos o subimos, con la tranquilidad del que no tiene prisa. Sendas estrechas, rodeadas de verdes, de humedad. Atrás Valdefrancos con la fuente que “ya estaba el año pasado”, San Clemente, y sus historias. Atrás la zigzagueante ascensión. Atrás el esfuerzo y por delante más trote de bello entorno, de bosques y más bosques. Y por fin Montes. Otra parada para recuperar fuerzas, preparar la mochila y hacer un pequeño balance de lo que llevamos y de lo que nos queda. Después los caminos se separan.
Iniciamos el camino de no retorno por angostas calles, rodeando su viejo monasterio, y bajando para volver a subir. Camino de viejos castaños, salpicado de pinos y encinas, que andamos y correteamos. Cruzamos el pequeño arroyo, y los pasos se acortan para afrontar la subida del collado de la Malladina.
Con un subir tranquilo y sufrido vamos ascendiendo por la senda horadada por el paso de los años; ya arriba nos recibe una gran alfombra de hierba y allá, al fondo Santiago de Peñalba. Con terreno favorable recuperamos. De la ancha explanada verde, pasamos a la verde y estrecha senda de altos matorrales que golpean nuestros cuerpos. Y más camino, y más trotar, y  entrada a Santiago por esa calle empinada, por esas calles que tienen un algo; el pueblo donde mi amigo Ángel siempre quería perderse. Otro descanso antes de la gran subida.

Después de la breve parada reanudamos la marcha. La sonrisa sigue en nuestros rostros, señal de que el cansancio no ha afectado a nuestro ánimo. Recuerdo a María Jesús las andanzas que mi amigo Ángel y yo tuvimos por una senda equivocada que nos tuvo perdidos un buen rato. Con esa anécdota vemos como el camino se estrecha y nos emboca en la senda; en esa senda que, picando hacia arriba, nos acompañará durante un par de horas. “Ahora con tranquilidad”.
Uno tras otro vamos acomodando los pasos al esfuerzo, entre las encinas que nos protege del sol, y que nos oculta lo que queda por delante; en zigzag o por lo criminal libramos cada metro; paso a paso la ladera se presente abierta ante nosotros, regalándonos sorprendentes vistas. La belleza del paisaje aumenta con la altura. ¡Qué bonita visión!. Una mirada y una exclamación: “qué bonito”, se convierte en coartada para un breve descanso. Subimos despacio, constantes. Los sonidos huyen.
Paramos, descansamos, escuchamos: ¡Silencio!. Silencio roto por el sonido del ligero viento. Seguimos adentrándonos en la montaña, sobre la que empieza a flotar alguna nube. ¿Cuándo llegamos arriba?”. Es verdad, esto parece no tener fin. “Ya queda poco”. Miro el rostro de mi compañera, que refleja el esfuerzo, y que parece decirme “quién me mandaría venir aquí, con lo bien que estaría en el sofá”. Me sonrío con este pensamiento. El último obstáculo de lo interminable; el último montículo, y ante nosotros la visión de la Silla de la Yegua. “Lo peor ya está” le comento, “no sé si podré volver a trotar” me contesta. Bebo y como, y hago como si no la oigo, sé que podrá. Disfrutamos de la belleza de lo que nos rodea. “El esfuerzo ha merecido la pena”.

Empezamos nuestra travesía por el cordal; una bajada que trae una subida, y otra bajada y otra subida. Silencio, belleza y más silencio. Trotamos y andamos. “Pico Tuerto”, “¿Por qué le llaman Pico Tuerto?”, “porque está mal encarao”. Seguimos. “Vamos bien”. Si, vamos bien. Sigo recordando, rememorando otros años. Disfrutando.  A lo lejos La Guiana; y ahora corremos el llano que nos separa de ella. “Ya está, último esfuerzo”, el zigzag entre la retama y el cortafuegos, corto pero exigente, y la cima, donde los voluntarios, hombre y mujer, tienen su particular apuesta, y que por lo que sé ganó él. El buen ambiente refuerza los ánimos de María Jesús.
Nos vamos e iniciamos el descenso, primero ese desagradable cortafuegos que salvamos como podemos, y ya después caminos de hierba y tierra que atraviesan inmensos bosques de pinos, y que corremos sin dificultad un terreno favorable que nos lleva a Ferradillo. Recibo la llamada de Ángeles que ya llegó a Ponferrada y que unió sus pasos a los de Alba. Mientras llegamos a Ferradillo, a esa fría cerveza, pensada ya en la Silla la Yegua, a ese bocadillo de chorizo, a ese café, a ese merecido descanso sentados bajo la sombra. Chequeamos sensaciones. El cansancio llena nuestros cuerpos pero la fatiga no hace mella en nuestro ánimo. “Ahora el terreno es favorable”.

Volvemos al camino con un tranquilo pasear para desentumecer el cuerpo. Escuchamos truenos lejanos, a los que no damos importancia, que equivocados estábamos. La senda entre robles nos protege de las gotas que empiezan a caer, gotas cada vez más gordas, “¿sacamos el chubasquero?” pregunta mi amiga, “esperamos ¿no?” contesto. El cielo ruge cada vez más, las gotas dejan de ser gotas y se convierten en granizo. Aguacero. Los árboles ya no nos protegen y paramos a poner el chubasquero. Agua y más agua que llenan los caminos. Granizo convertido en piedras del tamaño de avellanas que nos golpean con fuerza. “Ay, ay” grita a mi espalda María Jesús, “pero a ti no te dan” sigue gritando. Carcajadas. Bajo el intenso aguacero se acerca un coche de Policía Local “¿subís?”, “no, vamos bien”. Totalmente empapados, corriendo bajo el agua y sobre el agua, llegamos a Rimor, donde la gente del pueblo nos ofrece refugio y ropa para cambiarnos. Mil gracias. Llegamos al control y paramos lo justo para que tomen nuestro dorsal. Y seguimos sin probar las cerezas. No podemos quedarnos fríos. Trotamos bajo la intensa lluvia, mirando al cielo en busca de un claro de esperanza. Una esperanza que llega en Toral de Merayo. El agua deja de caernos encima, y nos damos un respiro. Otra llamada de Ángeles que dice que en Ponferrada no ha llovido, pues “a nosotros nos ha caído la del pulpo”. Penúltima subida. Dejamos el camino, en animada charla, para atravesar el viñedo y enfilar la senda jalonada por chopos y algún cerezo, y que transcurre a orillas del río. Andamos y trotamos sin salirnos de la senda. Ponferrada ante nuestros ojos. Atrás quedan sendas y caminos. Montañas y valles. Paisajes lleno de colores. Esfuerzo y risas. Última cuesta, la del castillo. Corremos, entre aplausos y palabras de ánimos, para cruzar esa línea de meta, agarrados de la mano, después de 13 horas y 23 minutos.

Para terminar, dar las gracias a esos voluntarios que hacen que año tras año vuelva a los Aquilianos.

domingo, 10 de agosto de 2014

XI Carrera de Atletismo Losada: Fotos Ángeles



Ayer, tuvo lugar en la localidad berciana de Losada (León), su XI Carrera de Atletismo Losada, la que para mí es una de las mejores carreras de la provincia. Excelente organización y buen trato al corredor.
Mientras escribo mi pequeña crónica, os dejo con las fotos de Ángeles.


Si alguien quiere la foto en tamaño original, y sin marca de agua, que no dude en mandarme un correo electrónico, indicándome número de foto y número de dorsal.

Además podéis disfrutar de más fotos y las clasificaciones en la página de mediamaratonleon.

domingo, 15 de junio de 2014

XIX Travesía Integral Montes Aquilianos: historia de recuerdos



A trechos me paraba para enjugar mi frente
y dar algún respiro al pecho jadeante;
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante
……………………….………….
(versos de Antonio Machado)

Ponferrada. Los Aquilianos se han convertido en una cita anual. De madrugada; tanto que alguien de la expedición comenta haber vivido solo cuando se retira después de haber tomado unas copas. Rodeado de amigos, de seres queridos. Otra vez equipo A y equipo B. Por la parte menos larga irán Ángeles, María Jesús y Luis Ángel, y por la otra, acompañándome Ana y Cristina.
La plaza del Ayuntamiento se va llenando de murmullos. Una ventana que deja escapar el resplandor de lo que parece una bombilla, y desde donde quizás alguien se asome tímidamente, a escondidas para ver lo que le ha sacado de su sueño. No verá los ojos de los corredores; ojos de ilusiones y temores, de dudas. Palabras incomprendidas que salen por los altavoces. Conversaciones improvisadas, aceleradas. Sonidos que rompen la noche. Y se inicia el reto.
Sin más, separamos los pasos de los de nuestros amigos, dejando los mejores deseos de éxito. Trote tranquilo para desentumecer los músculos, para ir cogiendo aire. Las calles de Ponferrada nos despiden con un hasta luego esperanzador. Adiós. El río y su puente de piedra. La subida de Otero. Recuerdos de viajes pasados que afloran sin querer. Espero, busco esos ladridos que siempre rompen la monotonía de esas primeras respiraciones agitadas. Y cuando ya pensé que no iban a estar, llegan sus ladridos, más de miedo que de amenaza. Y ahí, ante las primeras luces: el Pajariel. A lo lejos ya se entrevé nuestro destino. Aún lejano. Se lo muestro a mis compañeras, aunque aún no es momento de pensar en ello. Suaves subidas y suaves bajadas. Trotando como sin querer. Cuidado con esta cuesta. Un fuerte descenso, estrecho a veces, hace que los corredores vayan en fila, con la atención puesta en el suelo. Abajo ya, nos topamos con el río Oza, y entre caminos y sendas, entre castaños y robles, entre el frescor de la mañana llegamos a Villanueva de la Valdueza. Primera parada y fonda.
Nos tomamos un cortísimo respiro. Lo justo para beber y comer un poco. Come cada hora, le dijeron al salir de casa. Y lo va cumpliendo. Volvemos a lo nuestro. Despacio que viene un duro repecho. Dos cientos, quizás trescientos metros, o menos, pero lo cierto es que el Alto de Pandilla, como le llaman, se hace duro. Arriba ya. Entre caminos de pinos señalo a lo lejos, a lo alto, aquel es el pico Tuerto, si el último que tiene nieve. La belleza más bella empieza a mostrarse más cerca. Nuestros pasos cruzan Valdefrancos y San Clemente de la Valdueza. Corren sendas sombradas, húmedas. Trotan bajadas. Caminan subidas. Viejos pueblos, viejos caminos. Todo viejo. Cuanto romanticismo, cuantas pequeñas historias. Ya llegamos. Montes de la Valdueza recibe a los corredores con la misma atención de siempre; nos tomamos un pequeño y merecido descanso, recogemos las pequeñas mochilas, las que contienen lo que cada uno cree necesario para afrontar lo que nos espera. Estamos preparados, así que sin más demora iniciamos la marcha. Bordeo el cada vez más viejo monasterio, junto a Cristina y Ana, separando nuestros pasos de los amigos que eligieron la ruta menos larga. No es difícil embelesarse en el entorno y despistarse del camino por unos segundos, lo que provoca las risas de mis compañeras; pero no he sido el único y cuando aún las risas corrían por las calle del pueblo, nos alcanza un corredor y nos pregunta ¿Está es la corta?. No, arriba tienes la bifurcación. Él vuelve sobre sus pasos y nosotros continuamos con nuestro caminar. La salida de Montes en bajada termina y sin tiempo para acostumbrarnos o mal acostumbrarnos a lo fácil empezamos a subir a la sombra de los castaños. Señalo a Cristina y Ana el collado que pronto vamos a ascender. Y antes de darnos cuenta, entre trotes y miradas al nuevo paisaje que se empieza a abrir ante nosotros llegamos a ese pequeño correr de agua que anuncia el ascenso al collado de la Malladina.
Tranquilo asciendo por la senda surcada por cientos y cientos de pies. El esfuerzo de la subida tiene la recompensa de la hermosa pradera que en suave y cómodo descenso nos va acercando a Santiago de Peñalba. Sin darnos cuenta terminamos con este transitar y llegamos a las calles de Santiago; unas calles que enamoran. Comemos y bebemos. Que Dios reparta suerte nos dicen los voluntarios. Vaya ánimo que nos dais contestan mis chicas. Bueno que tengáis suerte corrigen. Eso ya es otra cosa. 
Dejamos la fresca fuente, el corto descanso y nos vamos. El camino que nos lleva a la dura subida se va llenando de recuerdos. De emociones ya vividas. Empezamos a subir, ahora cada uno a su paso. El mío es de tranquilidad, de constancia. Despacio y sin darme un respiro, pero con paciencia. Solo, las chicas por delante, pienso en todo lo que quiere entrar en mi mente. Quizás en la vida. No lo sé. Miro y disfruto de la belleza, de una belleza que un día atrapó a mi amigo. Ritmo pausado y respiración sosegada.
Los metros van cayendo de mi lado y el reloj corre a mi favor. Subo y subo. El aire al principio refrigerante se está convirtiendo en gélido. Sigo subiendo, sigo pensando en nada y en todo. Sigo disfrutando del paisaje. Del silencio. De la paz. De los recuerdos vividos con mi gran amigo, con mi hermano. Llego a la Silla de la Yegua; por fin. Ana y Cristina esperan. Hace frio; demasiado. Así que tras un breve reponer líquidos y de abrigarnos lo que podemos, seguimos.
Ante nosotros y por delante el cordal de los Aquilianos, una sucesión de subes y bajas. Una sucesión de paisajes que el frío no nos deja disfrutar como se merecen. Primero Pico Tuerto y después La Guiana. Una pequeña y vieja ermita y una torre de vigilancia dominan el entorno. Otra parada corta. Lo peor ya ha pasado. Atrás queda dureza, esfuerzo y belleza en estado puro. Arrancamos por ese duro cortafuegos que nos deja en el buen camino. Caminos de hierba y tierra, de pinos. Nuestros cuerpos se van templando. Juntos corremos, trotamos y andamos y charlamos. Seguimos disfrutando de todo. Nuevo camino, nueva senda, desconocida y atractiva la que nos lleva al avituallamiento de Ferradillo. Nos damos un largo respiro y nos sentamos a reponer fuerzas. Aprovechamos para contactar con nuestro equipo B y saber que están a las puertas de Ponferrada y que todos van bien. Comemos y bebemos. Y no es verdad que se comiese siete bocadillos. Que quede claro ¿eh?.
cortesía de la Organización
Dejamos el descanso y volvemos al camino. Un camino que ya se me antoja cómodo aunque pueden pesar los kilómetros. Empezamos caminando con la intención de que el cuerpo se acostumbre otra vez al movimiento. Ya con la senda favorable volvemos a nuestro trote. Un trotar y un correr que nos lleva a Rimor. Y a la sorpresa de no encontrar cerezas en el avituallamiento. Se han acabado nos dicen. Una pena y las chicas que no me creían. Será posible. No  es mucho el tiempo que dedicamos a la parada, casi lo mínimo para recargar de líquidos. Cerezos y tentación, manzanos, nogales y almendros centran nuestras conversaciones. Distraídos llegamos a Toral de Merayo, a esa bandera del Aleti, perenne año tras año. A esa penúltima subida. A ese viñedo que nos acerca a orillas del río. Y a ese sendear con la vista en Ponferrada y que nunca parece acabar. Interminable río. Una pasarela y otra, y otra cuesta, la última, la del Castillo. Ponferrada y alegría. Ya está chicas. Corremos entre aplausos y voces de ánimo. La plaza del Ayuntamiento fue nuestra salida y ahora es nuestra meta, y allí está nuestro equipo B: Luis Ángel el de la cámara, María Jesús la de la pancarta y Ángeles la del confeti. No me lo puedo creer. Cruzamos la meta abrazados, sonrientes, y por qué no felices.
Y hasta aquí la historia de otra Travesía de los Aquilianos, la quinta. Las dos primeras vividas con mi amigo Ángel, las dos siguientes con mi hermano, y esta vivida con Ana y Cris, si, las Rodríguez Varona. Gracias por vuestra compañía.

martes, 13 de mayo de 2014

101 KM. PEREGRINOS: 101 KM. DE SUBE Y BAJA

Diez días han pasado de los 101 km. Peregrinos y otra historia que llega tarde. Llevaba días en el horno y creo que si no llega a ser por la persistencia de Ángeles no hubiese salido de él. Pero bueno sea como sea aquí está.
Aquí estoy, dispuesto a disfrutar de un día por el Bierzo. Me sitúo en la parte trasera del pelotón; en cabeza los ciclistas, y tras ellos los corredores o caminantes que quieren ir más deprisa. Junto a mí, los amigos que se fueron uniendo a mi reto: Miguel, mi hermano, Gonzalo, Luis, y Adolfo que al menos saldrá con nosotros. Sin nervios, tranquilo. Sin preocupaciones. Por delante 101 kilómetros y 24 horas para correr, trotar o andar, eso es lo único que ahora mismo sé y que me interesa saber.
Dan la salida, primero los ciclistas y después de 15 minutos me toca el turno, a mí y a los trescientos valientes que lo harán a pie. Empezamos a trotar las calles de Ponferrada, espoleados por un público entregado a la causa. Trote suave y minimizando el esfuerzo desde el principio, que es lo que mejor nos puede llevar a buen puerto. La alegría es lo que ahora predomina, oyéndose comentarios que provocan la sonrisa en los corredores más próximos. Abandonamos el asfalto y con ello Ponferrada, atrás el castillo Templario, el mismo que nos recibirá, si Dios quiere, dentro de unas horas. Las zapatillas empiezan poco a poco a llenarse del polvo de los caminos de tierra, que serán protagonistas en la mayor parte del recorrido. El sube y baja pronto se deja ver a las faldas del Pajariel, algo que será la nota predominante en el día de hoy; corremos en llanos y cuestas abajo, y andamos en las cuestas arriba. Este es mi plan y el que he trasladado a mis acompañantes. Ni pienso ni tengo intención de gastar un gramo extra de mi fuerza. El esfuerzo lo repartiré a partes iguales en cada kilómetro de los 101. El primer avituallamiento no se hace de rogar y ya en Toral de Merayo empezamos con el ritual de comer y beber; ahora no nos hace falta pero lo gastado hay que ir reponiéndolo desde el principio. Una parada corta para continuar con nuestro trote y empezar a disfrutar del espectáculo, la belleza del paisaje se muestra ante nosotros. Viñedos y bosques. Cerezos. Kilómetros sin fatiga en los que los sentidos son más agradecidos. Caminos sombrados entre bosques. Bellos paisajes interrumpidos por pueblos que nos reciben con entusiasmo Villalibre, Santalla, San Juan de Paluezas (kilómetro 22), Borrenes.
Kilómetros de cuestas, de sube y baja, de baja y sube. De caminos y sendas. El grupo sigue su caminar, un dúo y un trío que se reúnen en cada avituallamiento; pendientes unos de otros. Todo va bien. El correr nos va acerca a las Médulas donde somos recibidos por los romanos, en un intento de retroceder en el tiempo. Tras un breve descanso, donde reponemos fuerzas con sus viandas, abandonamos su campamento.
Trotamos disfrutando del paisaje de torres rojizas. Y entre el trote suave y el croar de las ranas aparece un viejo amigo, quién fue también romano por unos días: Arsenio. Grata sorpresa. Abrazos, saludos y foto para inmortalizar el encuentro, y vuelta cada uno a lo suyo. Nosotros a seguir con ese cansino trote y él a seguir con las que croaban. El sol, en esta zona desprotegida de árboles, calienta nuestros cuerpos. Una senda estrecha, cómoda de correr, en bajada, nos lleva en fila de a uno al avituallamiento del kilómetro 39, el de Salas de la Rivera. Donde Adolfo ya ha abandonado el grupo y vuela por libre. Desde aquí vuelta a subir, vuelta a bajar, hasta la llegada a Puente Domingo Flórez, donde nos esperan nuestras mochilas. Una mochila, la mía, en la que busco en su interior algo necesario para lo que nos queda, pero los “por si” no me hacen falta. Ni cojo ni dejo. Sigo con lo que tenía en mi espalda, en mis piernas. Un pequeño descanso para coger aire antes de afrontar lo que en los próximos kilómetros tenemos por delante, que creo será lo más duro del día.
Iniciamos la marcha con la misma parsimonia que hasta aquí nos ha traído. Salimos del pueblo y tras un breve peregrinar por sus calles empezamos a subir. La hora; el terreno desértico, sin árboles que nos den un respiro; y el calor que ahora hace no ayudan. La vista puesta en lo alto; en los montones de pizarra que desde aquí se vislumbran. Tranquilidad. Metro a metro lo intentamos hacer fácil. Subimos y subimos, entre piedras, entre el polvo. Despacio. El grupo en fila de a uno. Bajamos al trote en busca de San Pedro de Trones. Mi hermano empieza a tener problemas en sus rodillas y decide abandonar el viaje. A pesar de nuestra insistencia en ir más despacio, en seguir con él, se queda. Creo que fue la mejor decisión que pudo tomar, pero eso no hace que para mí fuese dura. Cuando me planteo estos retos y veo que hay que amigos que se unen a él, siempre tengo el mismo temor: Que no lleguemos todos. Y ese temor se había hecho realidad, y encima en la persona de mi hermano. Triste despedida. Gonzalo y yo continuamos en solitario, por delante Luis, con quien nos volvemos a reunir brevemente en Puente Domingo Flórez. Continuamos con nuestro esfuerzo, con nuestras subidas y bajadas. Con nuestro caminar y nuestro trotar. Con fe. El cansancio empieza a asomar en nuestros cuerpos, aunque no el desanimo. Nuestros pasos nos llevan a Yeres antes de continuar hacia las médulas. Pensamos que estamos pasando lo más duro de la carrera, incluso que ya lo hemos pasado. Por delante Luis. Gonzalo y yo cerrando el grupo; una constante del día. Las médulas empiezan a mostrarse ante nosotros. El espectáculo es asombroso. El avituallamiento del mirador de Orellán nos depara una agradable sorpresa, hay coca cola y fría. Qué pequeño placer.
Lo peor ya ha pasado. No demoramos mucho la marcha y volamos a por los últimos 30 kilómetros.
Va oscureciendo poco a poco y pronto la noche nos alcanza. La luna poco nos ayuda. Ahora, hay que fijar más la mirada al suelo para evitar males mayores. Bajamos cómodos. La cercanía de Villavieja nos regala una bonita estampa del castillo de Cornatel, que destaca grandioso en la noche, y que nos acompaña durante un buen tramo. La noche nos hace más solitarios y hace que mi mente viaje fuera del Bierzo, lejos del esfuerzo. La frondosidad del monte hace que el camino sea más tenebroso. Agua y barro, y un resbalón que me lleva al suelo para dejar herido solo mi espíritu. Hecho un asco espero la llegada al siguiente pueblo para poder acicalarme un poquito. Seguimos trotando y aprovechando el terreno favorable. Villalibre donde nos topamos con Adolfo que con problemas en los pies tuvo que ralentizar su marcha. No tiene problemas para seguirnos y volvemos a formar un cuarteto. Santalla, otra vez en Santalla aunque con unos cuantos kilómetros en nuestras piernas. Breve avituallamiento y al trote, ya con el ansia que nos da la proximidad de la meta. Quince kilómetros por delante, más o menos. Siempre menos. Cada zancada, cada paso nos acerca al final. Con el trote de los cuatro acompasados a un mismo ritmo llegamos a Toral de Merayo; otra vez Toral de Merayo. No paramos en el avituallamiento ya solo queremos llegar. Todos, los cuatro sabemos que lo tenemos, que ya nada puede impedir que culminemos con éxito nuestro reto. El Pajariel a nuestra derecha. Ponferrada enfrente; cada vez más cerca. Pasos de cansancio, de ansiedad y satisfacción. Cruzamos el puente de madera para ya andar la interminable orilla del río. Volvemos al asfalto, ya sentimos la meta en nuestra piel. Otra vez al trote, los cuatro en línea, de la mano, traspasando una línea 101 kilómetros después. Dieciocho horas y tres minutos más tarde.

domingo, 11 de agosto de 2013

X Carrera de Atletismo Losada 2013: Historia y fotos



Losada es una de las carreras veraniegas que más me atraen, por eso siempre me resulta agradable acercarme hasta allí, aunque después se sufra un poquito por sus cuestas, pero eso entra dentro del guión.

Un cohete era la señal convenida para que todos nos lanzásemos; primero por las calles de Losada, después por sus montes. Salgo desde la zona media del pelotón, inmerso en su ritmo y con el pensamiento puesto en lo duro de la carrera. Buen ambiente y animoso. Dos vueltas por las calles de Losada ponen orden en el grupo, para ya sudoroso y con la respiración controlada abandonar el pueblo. Subo buscando el resguardo de la sombra. Poco a poco. El calor sofocante; asfixiante. El final del asfalto marca el límite con el monte. Caminos de tierra para adentrarnos en un mundo de “sosiego y paz”. Dura subida de bellos paisajes, donde conviven encinas y pinos, en busca de su final; de una pendiente de esfuerzo y sufrimiento que parece no acabar nunca. Ya arriba, una pequeña tregua mientras intento llenar los pulmones; a partir de aquí el regreso se hace más llevadero. En las calles de Losada vuelve el ánimo y el cariño de sus gentes. Una última vuelta antes de alcanzar la meta; la ansiada meta.

Os dejo con las fotos de Ángeles. 
Si alguién quiere la foto en tamaño original, y sin marca de agua, que no dude en mandarme un correo electrónico, indicándome número de foto y número de dorsal.

Clasificaciones de la carrera:

Y como siempre, encontraréis más información en mediamaratonleon.