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jueves, 12 de julio de 2018

La Reina Trail: Besande


Pequeño, acogedor. Apuro los últimos momentos en escuchar los consejos de la organización; en charlas de esto y de lo otro. Se acerca lo inevitable, ese ¡ya! que nos echa a la montaña, altiva ahora en la lejanía. Con los aplausos, de la gente acogedora de ese pueblo pequeño, nos vamos. El inicio, el camino en ligera subida, es agradable al trote cochinero. Buena toma de contacto para ir cogiendo el pulso a la carrera, y para ir descubriendo la belleza poco a poco, y para ir empezando a disfrutar. Con mi tranquilidad, con la que me lleva a dar zancadas y pasos, compartiendo conversaciones. “Hoy mi misión es entrar en meta detrás de ti” me dice una de mis dos acompañantes. “Ya” contesto, mientras esbozo una ligera sonrisa. Ambos sabemos que eso no va a ser así. Andando, trotando. Subiendo, llaneando. A mi cómodo ritmo llego al primer avituallamiento; paro lo justo y me despido con un “hasta dentro un rato”, que para mí será un rato largo. Con paso corto, mirando a lo alto, empiezo a subir por la estrecha senda de la empinada ladera. Entre pequeños pinos, que un día han una bonita subida, aunque no lograrán que sea menos dura. Los bastones se clavan en la tierra, mientras las gotas de sudor resbalan por mi cara, dejando algunas un sabor salado en mi boca. Ya solo, regulando el esfuerzo, y viendo las bellas vistas. Gigantescas montañas, enormes valles. El Espiguete y más al fondo el Curavacas. Toda mi soledad se llena de belleza, mientras sigo atento a las señales, camino a la abertura de la roca. Trepo, ayudado por la cuerda, agarrándome a esa cuerda colocada por amistad; sigo subiendo, hinco las rodillas, clavo las manos en el suelo, y por fin el cresteo. Un pequeño descanso refrescado por una brisa suave. Llega la bajada y hace que fije la atención en cada paso, hasta que el bonito camino, que trascurre entre robles, pasa a ser el protagonista. El segundo avituallamiento, me da otro respiro. Desde aquí, Pedro rompe mi soledad. Pasos amigos para compartir la interminable subida, con ese último tramo en zigzag que parece no tener fin, y donde nos dan alcance Blas e Isabel. Y otra vez arriba, en la puerta al otro valle, para dejarnos caer, por esa repetida pendiente, entre los pequeños pinos. Ahora cuesta abajo. Con precaución, con temor y sin vergüenza, alcanzo el último avituallamiento, el mismo en el que me había despedido con un “hasta dentro un rato”. Y aquí estoy. Y ahí están los mismos voluntarios, y con la misma sonrisa. Espero a mi compañero Blas, para junto a él, ir descendiendo hasta alcanzar Besande, el pequeño pueblo de gente acogedora, y cruzar su meta.


Termino ya está mi historia, agradeciendo a José Manuel, su gran trabajo para regalarnos esta bonita carrera, y al pueblo de Besande, por su gran acogida. ¡Enhorabuena amigo!

lunes, 10 de octubre de 2016

III Peñacorada Trail “Memorial José Martínez Conejo”: Mi historia


Corría el día 18 de septiembre, del año en curso, cuando corrí por la montaña de Peñacorada, ha pasado un tiempo, corto, pero ha pasado, pero aun así mi historia ha ido tomando forma, y hoy es el día de compartirla. No por nada especial, sino porque la he terminado.

A la espera. Fuera de mi mundo. Pienso una carrera plácida, sin sobresaltos. A cola del pelotón. A la de tres, y mis pasos arrancan a correr. Ya no dependo de mi, durante unas horas estaré en manos de mi entorno, del destino, de la montaña. Las zapatillas golpean el poco asfalto, esos escasos metros que nos llevan al embudo que atranca a los corredores. Uno a uno, caminando apretados hasta salvar la corta y empinada cuesta, que nos deja en la ancha pista, en el pinar. Ancha, y fácil de correr, cuesta abajo; ancha, y difícil de correr, cuesta arriba. Adaptándome a las circunstancias, al sufrimiento, al esfuerzo, a los pasos de mi compañera. A la carrera. La ermita de San Guillermo, nos aleja de la civilización, y por la estrecha pasarela de hierro, que rompe el entorno de la naturaleza, empezamos a sendear entre la arboleda verde. Subir entre los pinos, sujetando piernas, suspirando y empezando a sudar. A medida que subimos se va abriendo el cielo, se va abriendo el paisaje, la inmensa montaña. El camino se hace hierba; se convierte en agradable. Corremos hasta ese primer avituallamiento, el que nos da el primer descanso. Breve. Muy breve y vuelta al trote. La pisoteada hierba se acaba, y se torna poco a poco en dura roca; en subida. Nos aferramos a las piedras, hasta la cima. Contemplación desde lo alto. Belleza a izquierda. Belleza a derecha. Belleza arriba y abajo.
Foto cortesía Abel Fernández Salegui
Y sin tiempo para deleitarnos en el paisaje, apremió a mi compañera. “Vamos”. A regañadientes, “Jolines, no me dejas ni mirar”, continuamos. Aunque, antes de iniciar el cresteo, una última mirada. Más hierba. Una hierba que nos cubre casi hasta la rodilla, que nos recibe en bajada, acolcha nuestros pasos, y nos da un respiro. Rápidos, hasta llegar a la segunda complicación. Más rocosa que la primera, o eso me parece a mí. Más montaña. Más trepar y subir. Más agarrarse. Poco a poco, a pasos cortos, hasta arriba. Hasta otra impresionante belleza, donde el mundo parece no tener fin. Otra vez con poco tiempo para la contemplación. Inspiro, me lleno de aire, antes de iniciar el descenso. Con pasos temerosos. Demasiado. Con miedo a un resbalón, a una caída. Miedo. “Vamos”. Temor. Caminamos más que trotamos. Tensión. Andamos con pasos separados. “Cuidado ahora en la bajada” señalan los voluntarios. La senda me lleva a la cuerda. A sujetarme a ella para sentirme seguro. Bajo. Espero. Los pasos ya son los mismos. Carlos que se une a nosotros hasta el penúltimo avituallamiento, donde nos sorprende la llegada de José María. Penúltimo respiro antes te continuar. Los tres, ahora enfilados, sorteando los pinos. Trotando cómodos hasta que el letrero nos señala el “Pico Los Rejos”; hasta que alteran todos los biorritmos. Ahora es cuestión de amor propio. Los tres más enfilados ascendemos el sendero hasta el último avituallamiento. No hay descanso. José María ya a su paso, pero sin pausa. “Vas bien” le digo. Y con rabia subo hasta lo alto, guiando los pasos a mi compañera. No hay respiro. Ya todo bajada. Más trotar y más andar por entre rocas y piedras, por entre los pinos. Senda abajo. Dos kilómetros para que todo acabe. Para demostrar lo que no haría falta. “Tira tú que no llegas”, me dice. Pienso, me cuesta tomar la decisión, pero el esfuerzo no hubiese tenido sentido. “Vale, pero sigue trabajando”. Y me dejo ir como si no hubiese mañana. Esquivando piedras y saltando troncos. Asfalto. El arco. La meta. 4h56m. Yo llegué. Yo tenía razón. Ellos llegaron un poquito después.

lunes, 19 de septiembre de 2016

VI Fontañan Xpress: Robles y hayas



Ocho días han pasado desde que subí al Fontañan, tiempo más que suficiente para contar mi historia. Así que cuatro debe de ser suficiente, creyó él. Para que alargar la espera. Todos esperando tras la línea de salida. Y empieza la cuenta atrás: cuatro, tres, dos, uno, ¡ya!. El grupo de corredores se lanza a la aventura por las calles de Pola de Gordón. Pronto dejamos el asfalto para encaminar la senda, una pequeña galería verde, que nos oculta el cielo. Senda de sube y baja, de enfilar a los corredores, de andar y trotar. Robles y hayas a los que el otoño ya amenaza sus verdes. Sombras y sol. Senda de toboganes, de siempre mirar hacía arriba. La senda se ensancha y se convierte en camino, pero poco dura eso. Vuelta a sendear. A aspirar un aire que poco a poco va calentándose. Avanzo junto a mi compañera, sin tiempo para contemplar el entorno. Ante mí la empinada subida, árboles que ascienden, hojas muertas en el suelo, tierra gris, gotas de sudor que se precipitan al vacío, dedos que buscan agarrarse a un imposible, pies que resbalan. Una subida que parece no tener fin. Paso a paso. Sin prisa. El cielo se abre, se acerca la cima. Ya nada oculta el sol. El primer avituallamiento, recargo agua, y sin demora continúo buscando el sosiego del esfuerzo. La vista parece no tener fin. “Ha merecido la pena”. La calma vuelve poco a poco al cuerpo. El ritmo se va acoplando a la bajada, a los miedos. El segundo avituallamiento, es un llegar y seguir. El tiempo apremia, y la pista que se abre ante nosotros nos devuelve la confianza. No dura mucho la alegría, y casi por sorpresa, cuando más cómodo íbamos, nos topamos con ese giro que nos vuelve al estrecho camino, a otra galería verde, que se va cambiando a senda. A la prudencia. “Ya queda poco”, nos dicen. Y entre ese poco la última subida que, después de tanto bajar, se atraganta en las piernas. El último esfuerzo en esa senda abajo que se abre de nuevo al asfalto. Corremos los últimos metros lejos de los verdes y grises, con la vista puesta en el arco de meta. En el final de los esfuerzos.
De vuelta a la calma, con tiempo para la charla y las risas. Para el intercambio de anécdotas. Para disfrutar de una buscada compañía.

domingo, 14 de agosto de 2016

VI Carrera por Montaña Villalfeide-Polvoreda: Mi historia y fotos



Bueno historia la justa, y bien lo podría titular “crónica de una muerte anunciada” o “te voy matando lentamente”, que vendría a ser lo mismo.
Aunque lo mejor es que hoy no escriba nada sobre la carrera, he visto demasiadas cosas que no me han gustado, y prefiero que se vayan asentando, y no decir algo de lo que después me arrepienta. Y si algún día tengo ganas verán la luz. Hoy, prefiero callar.
Gracias a los voluntarios por su ayuda y palabras de aliento.
De momento os dejo con las fotos que Ángeles sacó de la carrera: PINCHAR AQUÍ.

martes, 19 de julio de 2016

IV LA REINA TRAIL: MI HISTORIA


Boca de Huergano. Un entorno hecho para la contemplación. La belleza de esas montañas peladas en toda su altura. No llegaremos hasta allí, no pisaremos esas moles de piedra. A Dios gracias, pienso. El contraste del gris de la piedra con el verde de sus praderas. Todo casi listo para empezar mi particular Reina Trail. Cafés y saludos compartidos. Fotos. Y ese otro minuto de silencio por "Logi"; el domingo fue en Cistierna, hoy a los pies de sus montañas. Más emotivo si cabe. Otra cuenta atrás. Y el aquí y ahora. Es el momento.
Correr al trote, para pronto caminar, y salvar ese primer repecho. Corto, pero repecho. Y correr, y empezar a disfrutar de la pista, de la sombra que nos regala sus robles, sus pinos. De la fina hierba que golpea nuestras piernas. Ya vendrán tiempos más duros. Lo sabemos. Hoy, el sol nos va a arrear de lo lindo. Aprovechamos el terreno favorable para recrearnos en el trote, en la charla del pequeño grupeto. Llegamos al primer avituallamiento, a Villafrea de la Reina, casi sin darnos cuenta. Aplausos y palabras de ánimos. Hasta aquí ha sido fácil. Recargamos nuestras reservas de agua y continuamos la marcheta. Abandonamos las últimas casas del pueblo, y encaramos un estrecho sendero cubierto de todo tipo de ramas y ramajes, que golpean nuestros cuerpos. El recorrido ahora no es fácil, y lo que se presenta ante nuestros ojos, cuando salimos del entramado, tampoco. La senda gira y se levanta hacia el cielo. Los pasos se acortan; la respira se agita; el sudor llena todo mi cuerpo, resbala por mi frente y cae sobre la hierba. Me detengo un instante a coger aire. Mi compañera, María Jesús, por delante. La cuesta se me hace dura, y más cuando el sol cae sin piedad, un castigo que no es capaz de mitigar la suave brisa que nos recibe en el alto. Aire y sol, para continuar sobre un terreno que pensamos más favorable. Dejamos atrás el tramo que delimita el “pastor”, y encaminamos nuestras zancadas, cuesta abajo, en dirección a Barniedo de la Reina, al segundo avituallamiento. Sus calles casi desiertas, algún vecino a la puerta de su casa, acompaña nuestros pasos con su mirada. Breve parada y vuelta al trote y al caminar. En fila india buscamos la segunda ascensión. Otra vez tranquilidad. Paso corto y hacia arriba. A medida que se sube, las vistas son más espectaculares. Cuando apenas quedan unos metros para llegar a la cima, echo la mirada atrás para disfrutar de una panorámica privilegiada. Estoy rodeado de belleza. Quizás, antes de seguir caminando, sea el momento de pensar que el esfuerzo ha merecido la pena. Y realmente lo ha merecido, pero esto no ha terminado, aún nos queda y el cansancio no lo hará fácil. Llegamos a Isabel, y ya los tres juntos hasta el final. Andar para arriba y trotar para abajo, o dejarnos caer, que viene a ser lo mismo. Bebemos y comemos, y hablamos, o habla, con ese ternero que sale a nuestro encuentro. “Hola ternerito, ¿qué haces?, vete con tu mamá”. Qué pensará. Mejor no saberlo. Conversaciones que pueden ser fruto del cansancio, del aburrimiento, o de hablar para que todo pase más deprisa. La fatiga ya hace tiempo que se adueño del cuerpo. Los kilómetros siguen pasando, pero se hace largo el transitar hasta llegar a ese tercer avituallamiento, donde agradecemos el parar un poco más de la cuenta. Con ánimo renovado continuamos la marcha. Por delante solo seis kilómetros. Hace unas horas pasamos por aquí, y volvemos para rematar la faena. Continuamos con paso cansino, y con ese paso miramos esa fuente de la que brota agua fresca, y en la que nos gustaría meter cuerpo y alma. Trotamos o seguimos dejándonos caer. Un giro, unas pisadas despistadas. Perdidos. Perdidos en un entramado de ramas y troncos. Perdidos en el tiempo del monte. “Por aquí  no es”. Volvemos y volvemos mal. Y vuelta a retomar el buen camino.
Ya, ¡por fin!, desde lo alto vemos Boca de Huergano, el arco de meta, al que me lleva ese camino que ha ido recogiendo, en un goteo constante, el pequeño torrente de corredores que nos ha precedido. Nos dejamos ir, para entrar en el pueblo, para cruzar esa ansiada meta. ¡Se acabó!. Volvemos a la calma. A reencontrarnos con los nuestros. 

No quiero terminar esta pequeña historia, sin agradecer a José Manuel, cabeza visible de la organización, por lo que para mí, ha sido una carrera bien organizada. Fallos, alguno habrá habido, seguro, y seguro que él habrá tomado buena nota de ellos y de las sugerencias que le habrán hecho llegar. ¡Enhorabuena amigo!.

lunes, 11 de julio de 2016

IV La Reina Trail: Las fotos



Ayer, estuve corriendo por el entorno de Boca de Huergano su IV Carrera de Montaña La Reina Trail, prueba puntuable para la VI Copa Diputación Carreras Populares de León.
El entorno ya no te deja indiferente, su belleza se ve cada vez que levantas la vista del suelo. Bonita y buena carrera, aunque el sol, invitado de lujo al evento, nos hizo sudar un poco más de la cuenta.
Carrera muy recomendable, mientras la organización siga en sus manos. Bonitos paisajes. Bien organizada, bien marcada, y muy económica. Volveré el año que viene.
Ahora, mientras escribo mi historia, si la llego a escribir, os dejo con las fotos de Ángeles: FOTOS LA REINA TRAIL.

lunes, 5 de octubre de 2015

VII Carrera Benéfica “Los Calderones”: Mi historia



A mí alrededor todo lo veo negro. Las nubes cubren el cielo y dejan escapar, sin pudor, su carga en forma de lluvia. Se acerca la hora de la salida. Pocos calientan, siendo la mayoría los que se refugian del agua bajo las pequeñas carpas que rodean el arco de salida. Junto a mis compañeros Cristina y Óscar, doy pequeños saltos sobre el terreno, es mi calentamiento. Vamos que nos vamos. Nos situamos bajo el arco de salida, y como si todo estuviese programado, la lluvia cesa. Preparados, listos y un largo silbido como señal de que quedamos a expensas de la montaña. Que Dios reparta suerte.
Correr para calentar, hasta que me topo con la primera cuesta, que no tarda en llegar, para empezar a andar. Dejo Otero de las Dueñas con las ganas de volver a verlo pronto. Subir andando y correr cuando pueda. La carrera ya la veo desde atrás, no porque me guste esa vista, sino porque no puedo ir más deprisa. La niebla no se esconde, y a cada paso me meto más en ella. Apenas media hora es lo que el agua nos ha dado de tregua, volviendo a caer sobre los corredores. Subir y llanear entre pinos y robles, entre lluvia y niebla. Casi sin darme cuenta llego al primer avituallamiento, breve parada, dos sorbos de agua, y continúo. La verdad es que no apetece nada parar. El movimiento hace que el cuerpo no se enfríe. Vuelta a la carga. Más subida, lo peor aún por delante. Las sensaciones hasta ahora son buenas. Sigo a un grupo de tres corredores, con lo que me rodea no me apetece nada quedarme solo, y por detrás no veo a nadie, lo que hace que no me duerma en los laureles. Sigo subiendo, faltaría más. Los árboles, que tantas veces protegen del caluroso sol, hoy castigan mojándonos dos veces. Me distraigo por unos momentos viendo la cortina de gotas que caen de la visera mi gorra. No está resultando fácil. El segundo avituallamiento es más breve que el anterior, lo justo para saber que ahora empieza lo bueno. Seguimos en grupo, rodeado de una niebla que apenas regala diez metros de visión. Subimos la roca, escalamos, resbalamos, trepamos la empapada ladera como buenamente podemos. Una hierba, una piedra, cualquier cosa es buena para agarrarse. Antes de dar un paso fijamos el anterior. Subimos y subimos, uno detrás de otro, se acaba la senda, los arbustos nos rodean, nos cierran todas las vías. Salta la alarma, no vemos señales, nos hemos despistado del camino. Por no decir que estamos perdidos. Con todos los sentidos alerta, volvemos sobre nuestros pasos. Hemos caído en la trampa de la montaña: la niebla. Encontramos las señales y recobramos la buena senda, mientras de nuestras caras va desapareciendo la preocupación. Nadie ha tenido la culpa, solo nosotros. Debemos hacer un esfuerzo, no por recuperar el tiempo perdido, este es irrecuperable, sino de concentración.
Otra vez toca trepar para llegar a las trincheras; camino por ellas, silba el viento, y el mar de niebla no me deja ver la belleza que un día vieron sus defensores. El frío se ha apoderado de mi cuerpo y solo pienso en huir de allí. El ambiente gélido se hace insoportable en el “cresteo” de la cima. No siento mi cuerpo, me ha abandonado. Mi acompañante, Rubén, me deja unos guantes, que a duras penas soy capaz de poner. El viento acuchilla un cuerpo indefenso. Bordeamos una pequeña roca que nos emboca hacia la otra vertiente, al resguardo del aire, y empezamos el descenso ladera abajo. A medida que bajo el calor va invadiendo mi cuerpo. Sendas y caminos que nos llevan a esa vieja cancilla de hierro, tras la que se nos muestra el desfiladero de Los Calderones. Recorro, su pasillo rodeado de impresionantes muros de roca, con prudencia para evitar un inoportuno resbalón. Rubén me hace de guía. Ahora el camino a Piedrasecha se hace agradable, con la sensación de que lo peor ya lo hemos dejado atrás. Encontramos a Luismi que, sorprendido, se une al grupo. Mientras corremos hacia el pueblo le contamos nuestro peregrinar. Llegamos al último avituallamiento, donde reponemos fuerzas, para continuar con la última de las subidas, el alto de Ambasaguas. Paso a paso, casi en silencio, hasta lo alto, y desde ahí, zancada a zancada. Correr ahora es lo fácil. Allí abajo, entre pinos, se nos asoma Otero de las Dueñas. Qué bonita visión. Las ganas de llegar mueven unas piernas encaminadas a la meta, hacia un merecido final. Los tres juntos recorremos los últimos metros, los tres juntos cruzamos la meta.
foto cortesía: Luismi-Recreo Running
Mojado, cansado, con el frio metido en el cuerpo, pero contento con la carrera que he hecho. Me reúno con mis compañeros Cristina, con su copa de 2ª clasificada femenina en la mano, y Óscar, me cambio de ropa, y rumbo a León en busca de una bien ganada ducha de agua caliente.
Y está es la historia de una carrera que pudo acabar mejor, pero que también pudo terminar peor.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

II Peñacorada Trail “Memorial José Martínez Conejo”: Mi historia

La cuenta atrás retumba en la plaza del Ayuntamiento de Cistierna. Del diez al uno, a voz en grito, espanta los miedos. Todo pasa en un suspiro. Inicio la aventura; primeros metros de asfalto para encarar la primera cuesta, estrecha y empinada, que pone a los corredores en una apretujada fila de a uno. “No se va mal así”, pero poco dura ese cómodo transitar, lo que se tarda en coger la ancha pista, con la que empezamos el vaivén de bajar y subir. Bajar corriendo, subir andando. La ermita de San Guillermo acaba con la anchura del camino y nos vuelve a la senda. Entre pinos. A su sombra. Hacia arriba entre pinos. Asciendo con tranquilidad. “He venido a sufrir lo menos posible”, la idea grabada a fuego en mi cabeza. Se acaban los pinos y sigo subiendo, ya sin protección y a merced del sol. La montaña se empieza a mostrar. Bella. Altiva. La silueta de los corredores, se recorta en el paisaje en ese punto que separa el subir del bajar, el andar del correr. Ante mí, esa pequeña bajada alfombrada de verde pradera, que cómodamente me lleva al primer avituallamiento. Recarga de pilas, breve charla, intercambio de ánimos con Miguel Bernardo y a seguir subiendo. Poco a poco dejo la verde alfombra, la senda, y ahora la roca marca el camino hasta el primer pico. Una rápida mirada a mí alrededor para disfrutar del entorno. Breve, lo justo para llenar los pulmones de aire limpio, puro, y poner rumbo a la segunda cima. Tras una pequeña bajada, continúo el paseo por tupidos pastizales, la vista se pierde a izquierda y derecha, a derecha e izquierda, hasta llegar a los pies de la gran subida. Un mar de rocas desnudas nos introduce en un mundo ficticio, nos aleja de la realidad, nos va dejando a solas con la naturaleza, subir, trepar, sin tregua, hasta arriba; hasta donde el mundo parece mágico. Una vez en lo más alto, con el resuello entrecortado, pienso que ha merecido la pena escaparse a la montaña y poder disfrutar del paisaje. Cientos de formas y miles de colores lo llenan todo. Sigo entre las rocas, ahora toca bajar con precaución, “bajada peligrosa” se lee en el cartel, “cuidado con la bajada” me dice un voluntario. Y tengo cuidado; y bajo el sinuoso sendero que se adivina, con la tensión y el miedo del que tiene miedo. Con la mirada al suelo apenas me doy cuenta de que la empinada pendiente ha terminado, ahora toca llanear un poco y relajar la tensión que se ha acumulado en las piernas. Todo a mí alrededor es merecedor de la mejor de las fotos. No podía durar mucho este transitar relajado, y otro cartel de “bajada peligrosa” me pone en alerta; por delante la fuerte bajada, sombría, resbaladiza, que un día es arrollo y otro senda; hoy le toca se senda. Una cuerda hace que el descenso sea más seguro, y llegue al segundo avituallamiento sin contratiempos. Otro encuentro con Miguel Bernardo, otra pequeña charla, hidratación y nos vamos juntos, pero cada uno a su ritmo. Nos alejamos en las subidas y nos acercamos en las bajadas. Un pequeño sendero nos deja en el camino forestal que recorre el bosque de pinos. Un descanso que permite trotar, pero claro se  me olvidaba que estábamos en la montaña, y aquí lo bueno dura poco, “Pico Los Rejos” indica el letrero, ante un pequeño sendero que, como no podía ser de otra manera, va hacia arriba. Un último avituallamiento y a ascender por la verde senda hasta lo alto del último pico, y desde allí todo bajada. Pero no nos olvidemos de donde estamos: Bajar no resulta fácil. Pedregales y sendas complicadas para un cuerpo que ya nota la fatiga. Ahora ya con la compañía de Miguel, recorro los últimos kilómetros, atrás queda la montaña y la soledad. Entramos en Cistierna, ya está, lo tenemos, últimos metros para cruzar la meta con las manos unidas, para rendir un merecido homenaje.