La historia de la III media maratón ciudad de León no empezó el día 20, lo hizo mucho antes, quizás en el momento de acabar la segunda edición, y quizás la he ido viviendo desde aquel día.
Y llegó la víspera, y llegaron mis amigos, y juntos fuimos a por los dorsales, y juntos comimos, y juntos recordamos las calles de León, y juntos nos tomamos unas cervezas…..
Y llegó el día, y juntos nos sacamos la foto, y juntos nos fuimos a calentar, y juntos nos situamos en la línea de salida, y juntos empezamos la carrera, y nos deseamos suerte, y… empiezo a correr ya pensando en mi objetivo, en mi plan, en esos primeros kilómetros en los que espero coger el ritmo más adecuado, el que menos sufrimiento me exija.
Y así llego, llegamos, a San Marcos, continuo con la cabeza fría; es pronto, demasiado pronto, pero voy cómodo y creo que el ritmo que llevo lo podré mantener; pasamos el cinco, superamos la cuesta de la carretera de Carbajal, pasamos el seis y mantengo la marcha de crucero; alcanzamos el globo de 1h45´, y fácilmente lo superamos, ahora hay que poner tierra de por medio y esa vuelta a las calles de León ayuda, y mucho; mi liebre particular va suelta y empiezo a tener problemas para seguir sus pasos; empiezo a pensar que intentar mantener el paso que llevamos me puede lastrar durante el resto de carrera, y este año no quiero sufrir, quiero disfrutar de la carrera; y antes de enfilar la subida de la calle Ancha se separan nuestras zancadas, tendremos más ocasiones; ahora empieza mi lucha en solitario, cuando oigo la música que nos homenajea frente a nuestra Catedral, grandiosa, cuando oigo los gritos de ánimo de Sandra, cuando recibo los discretos ánimos de Ángeles, mi ángel; y en esa lucha transito por la palomera, sin pena ni gloria; y cuando troto con el ritmo adormecido, abstraído, me sacude L.A., me pasa y me saca de mi ensimismamiento, y vuelvo a luchar por mi meta, adelanto a los que puedo e intento seguir aunque solo sea unos metros a los que me adelantan; me acerco a mis lugares de entrenamiento, La Granja, La Candamia, “no, hoy no subiré a los pinos”, las dejo atrás con la alegría de llevar un dorsal; al límite de mi esfuerzo entro en La Lastra, “Saturnino, eres nuestro héroe” me grita Alfonso y Begoña, “gracias” les digo, “ya está hecho” me digo; y con esos gritos de Alfonso y Begoña me exprimo en busca de la meta, instintivamente miro el crono “aún puedo”; sigo y sigo, y el público encajona la calle para los corredores, y entro en un hispánico abarrotado de gente, de griterío, y corro su recta, y mi miro el reloj de meta y sé qué no he conseguido uno de los objetivos, pero sé que he conseguido el otro, he disfrutado de mi carrera.
Sin tiempo para estirar, sin tiempo para los amigos, con las prisas del reencuentro, con el pensamiento en mi hija; sin tiempo para sufrir veo como vuela sobre la pista de atletismo, con alegría, con sorpresa miro hacía el crono, me emociono, “sabía que estaba para bajar de dos horas”, me voy en su busca, nos abrazamos; me cuenta rápido, quiere ir en busca de su amiga, de Mariu, pero no le da tiempo, en compañía de Aitor, ya flota sobre el tartán, traspasa su meta.
Y hoy, bien pensado, que importa mi carrera.
No puedo acabar la crónica de esta media sin decir que nos dimos un gran homenaje con una gran comida, y sin agradecer a todos los que durante la carrera me dieron su aliento, gracias.