No me gustan las distancias cortas, no corro a gusto, y por desgracia en la I Copa Diputación de León es lo que prevalece. Pero, si me dieran a elegir entre todas ellas me quedaría con la que se celebra en Santa María del Páramo; ¿razones?, no sé, quizás sea el resultado sea la suma de sensaciones.
El caso es que por tercer año consecutivo voy a Santa María a correr su legua nocturna; a escribir la historia de una carrera que no tiene mucha historia. Primero tiene lugar las pruebas de los pequeños, donde quién sabe si algún futuro campeón esta dando sus primeros pasos. Después se da paso a los andarines, esos que quizás están cansados de correr por la vida. Y finalmente, la cita de los corredores, la que tiene lugar “al caer el sol”, como en el viejo oeste.
Me coloco en la línea de salida entre decenas de corredores, junto a Sonia o yo junto a ella (ahora todo depende de nuestros estados físicos). En mi mente una sola idea, no sufrir. Suena un disparo seco. Doy los primeros pasos de esa legua; unos primeros pasos en los que como siempre busco acompasar mis ritmos (zancada y respiración). Dejamos las calles del pueblo y nos adentramos en el carril bici o senda para caminantes que rodea la localidad. Me estoy encontrando bien, con mi hija a mi lado van cayendo los kilómetros; hoy si podré hacer de liebre o de buen caballero que me gusta más. Abandonamos ese carril bici o senda de caminantes y volvemos a las calles del pueblo antes de entrar en la pista del polideportivo y recibir ese pequeño homenaje de la gente que llena sus gradas, para terminar en 24´45´´.
Después, ya bajo la luz de la luna, esos pequeños estiramientos junto a los amigos en los que intercambiamos los pormenores de la carrera, antes de entregarnos a la ducha reparadora.
Y antes de acabar un buen día, una buena noche, que os parece alargar la velada con unos amigos, unas tortillas, unas empanadas, todo ello regado con unas cervezas sin alcohol, isotónicas y agua. Pues eso.
Os dejo con las fotos de Ángeles de la carrera; unas fotos que debido a la noche no le han dejado satisfecha.
El caso es que por tercer año consecutivo voy a Santa María a correr su legua nocturna; a escribir la historia de una carrera que no tiene mucha historia. Primero tiene lugar las pruebas de los pequeños, donde quién sabe si algún futuro campeón esta dando sus primeros pasos. Después se da paso a los andarines, esos que quizás están cansados de correr por la vida. Y finalmente, la cita de los corredores, la que tiene lugar “al caer el sol”, como en el viejo oeste.
Me coloco en la línea de salida entre decenas de corredores, junto a Sonia o yo junto a ella (ahora todo depende de nuestros estados físicos). En mi mente una sola idea, no sufrir. Suena un disparo seco. Doy los primeros pasos de esa legua; unos primeros pasos en los que como siempre busco acompasar mis ritmos (zancada y respiración). Dejamos las calles del pueblo y nos adentramos en el carril bici o senda para caminantes que rodea la localidad. Me estoy encontrando bien, con mi hija a mi lado van cayendo los kilómetros; hoy si podré hacer de liebre o de buen caballero que me gusta más. Abandonamos ese carril bici o senda de caminantes y volvemos a las calles del pueblo antes de entrar en la pista del polideportivo y recibir ese pequeño homenaje de la gente que llena sus gradas, para terminar en 24´45´´.
Después, ya bajo la luz de la luna, esos pequeños estiramientos junto a los amigos en los que intercambiamos los pormenores de la carrera, antes de entregarnos a la ducha reparadora.
Y antes de acabar un buen día, una buena noche, que os parece alargar la velada con unos amigos, unas tortillas, unas empanadas, todo ello regado con unas cervezas sin alcohol, isotónicas y agua. Pues eso.
Os dejo con las fotos de Ángeles de la carrera; unas fotos que debido a la noche no le han dejado satisfecha.