El día de enfrentarnos ante la difícil tesitura de elegir esos bonitos recuerdos, otra vez ante este papel en blanco que quiere recoger esos momentos sin menospreciar otros que quizás en otra circunstancias serían dignos de las mejores crónicas.
Elegir una carrera, la mejor carrera que he corrido este 2010, me resulta difícil; me quedaría con todas, todas tienen una historia especial, pero obligado a elegir me quedo con la II media maratón de León, por ser la de la consolidación de una prueba, la de una ciudad volcada con su carrera.
También especiales fueron esos dos maratones: Madrid y Castellón.
Distinguir esos momentos especiales, emotivos, me resulta aún más difícil, y como las normas las pongo yo no voy seleccionar uno solo, sino tres: el momento del encuentro con mi hija en la media de León, la llegada de Mapoma de la mano de mis sobrinos, Lucia y Enrique, y la llegada de la travesía integral de los Montes Aquilianos junto a mi amigo Ángel.
Buscar una fotografía de las cientos que me han sacado, en las que se combine la improvisación y la ocasión de ver algo especial, me resulta no difícil, sino que muy difícil, pero me voy a quedar con tres, dos que para mí sintetiza el espíritu del atletismo popular, amistad y complicidad, y mucho, mucho sufrimiento:
Cortesía de fotos Gijón
Aunque lo mejor de todo, mi mayor satisfacción, es la cantidad de gente que he conocido, gente que día a día, carrera tras carrera, entrenamiento tras entrenamiento van formando la palabra amistad.





Castellón nos recibe de nuevo, el ánimo de la gente levanta el nuestro, siempre bajo la atenta y amenazante mirada del monstruo del kilómetro veinte, grande, muy grande, lo miro y miro el crono, el objetivo se me está yendo por dos minutos, pero no pasa nada hay margen; cruzamos la media y volvemos hacía ese ser gigantesco, lo miro, lo veo sin querer; otra vez las calles estrechas, ahora más llenas de gente, llenas de un apoyo que hacen el correr más fácil; el kilómetro 26 nos deja a merced de otro desierto, otra vez kilómetros por terrenos desangelados, a mi espalda oigo la algarabía del gran grupo, la he oído desde que lo abandone, nunca conseguí abrir demasiado hueco, pero tampoco nunca caí en el desánimo; y llega el kilómetro veintinueve, el kilómetro en que el grupo me alcanza y me rebasa, me agarro a él con uñas y dientes, pero no es suficiente, y se van, poco a poco pero se van; no me inquieta, soy consciente de que mi ritmo ha caído, pero sigo estando ahí, acomodo la marcha al nuevo escenario y dejo que los kilómetros pasen; otra vez el centro de Castellón, el 35, la gente volcada con los corredores, gritando sin descanso, llevándonos en volandas aunque solo sea unos metros; 36, me cruzo con Jan, “llego aunque sea andando” me dice; 37,veo a Abe, “vamos que lo tienes”, se que va a hacer un marcon; 38, los inquietos automovilistas nos apremian con sus claxon, “tendrán prisa”; 39, 40, 41, aún puedo recoger un pequeño premio, mejorar mi marca, o eso creo, aprieto, aunque a estas alturas es mucho decir, último giro y la meta a tiro de piedra, y a reventar de gente, última mirada al reloj para comprobar que el sueño se ha esfumado, el mejor y el otro, pero nadie me va a quitar este momento, veo a Ángeles, nos sonreímos, me encamino hacía ese pasillo que apenas deja que lleguemos a meta, últimos metros, últimos sueños antes de la victoria, de mi victoria, y de la de todos los que llegaron; traspaso esa divina raya, 03:46:29, feliz, muy feliz.


Sonia disfrutando del Camino















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